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Capítulo 1

I. Antes de entrar en escena

~12 min de lectura · 2,112 palabras

FacilitaciónÉtica y cuidado

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Para quién es este manual

Este manual está escrito para ti si quieres facilitar procesos de Teatro Gestalt. Si eres psicólogo, terapeuta gestalt o psicoterapeuta, encontrarás aquí herramientas para integrar el teatro en tu trabajo clínico. Si eres educador, trabajador social o facilitador grupal, encontrarás un encuadre distinto —pedagógico, no clínico— en el Capítulo 10, donde se explica qué puedes hacer con estas herramientas en un aula y qué no. No es un manual de teatro. No vas a aprender a montar obras ni a dirigir actores profesionales. Es un manual de trabajo experiencial que usa el teatro como vehículo: para sanar en el caso del trabajo terapéutico, para crecer y aprender en el caso educativo. Las dos vías están en este libro, pero conviene que tengas claro desde el principio cuál es la tuya, porque las reglas del juego son distintas. Lo que encontrarás aquí es el resultado de años de práctica en talleres reales, con grupos de carne y hueso, en España y en el extranjero. Cada técnica ha sido probada, ajustada, a veces descartada y vuelta a probar. Lo que queda en estas páginas es lo que a mí me funciona.

Lo que necesitas saber antes de empezar

Este manual no es un sustituto de la formación. Leer sobre Teatro Gestalt no te convierte en facilitador de Teatro Gestalt, igual que leer sobre cirugía no te convierte en cirujano. Las técnicas que aquí se describen requieren práctica supervisada, trabajo personal previo y, en el caso del trabajo terapéutico, formación clínica específica. Cada actividad es una puerta, no una receta. Lo que funciona con un grupo puede no funcionar con otro. Lo que emerge en una sesión puede ser completamente distinto en la siguiente. La verdadera maestría está en saber adaptar, improvisar, soltar el plan cuando la vida del grupo pide otra cosa. La relación y la presencia son lo esencial. Puedes conocer cien técnicas y fracasar si no estás presente. Puedes conocer tres y facilitar procesos transformadores si tu presencia es genuina. Las herramientas importan, pero lo que realmente sana es la calidad del encuentro. Mi maestra Claudia Fres me lo dijo una vez con esa claridad suya: “Por supuesto que no pasa nada importante cuando haces la actividad de la fruta. A ti nunca te gustó hacerla cuando eras mi alumno”. Y tenía razón. Con el tiempo he comprobado que ninguna técnica me funciona de verdad si no es algo que yo mismo disfruté como participante. Las actividades que facilito con pasión son las que alguna vez me transformaron. Las que hago por obligación o porque “deberían funcionar” se quedan en la superficie. Esto no significa que solo puedas usar lo que ya conoces. Significa que antes de facilitar algo, necesitas haberlo atravesado tú mismo. Vivirlo desde dentro. Sentir qué mueve, qué abre, qué incomoda. Solo entonces podrás acompañar a otros en ese tránsito. Respeta los límites. Los tuyos: no intentes facilitar lo que no estás preparado para sostener. Los del grupo: no fuerces, no invadas, no empujes hacia donde no quieren ir. Los del método: esto no es terapia individual, no es psicoanálisis, no es teatro espectáculo. Es otra cosa, con sus propias reglas y fronteras. Aunque esto puede transformar, no sustituye la terapia. El Teatro Gestalt puede ser profundamente movilizador, pero si alguien necesita terapia individual, necesita terapia individual. No somos salvadores. Somos facilitadores de un espacio donde algo puede ocurrir. Y no todos están preparados para este espacio. Hay personas que no pueden sostenerse en un formato grupal, que se desbordan con la exposición de las improvisaciones, que necesitan un encuadre más contenido antes de exponerse ante otros. Reconocer esto no es excluir; es cuidar. A veces lo más terapéutico que puedes hacer por alguien es derivarlo a un espacio donde pueda trabajar primero lo que necesita trabajar solo.

Los conceptos que necesitas manejar

Antes de seguir, déjame ponerte sobre la mesa cinco palabras que se van a repetir mucho en este libro. No las cuento aquí para que las memorices —el manual es práctico, no académico—, sino para que cuando aparezcan más adelante en una escena, en una intervención, en una decisión sobre qué hacer con un participante, sepas de qué te estoy hablando. Léelas despacio. Si alguna no termina de aterrizar, no te preocupes: cada una vuelve después con cuerpo y con ejemplo.

Aquí y ahora: el único momento que existe

Cierra los ojos un momento. ¿Dónde estás? No me refiero a la ciudad o al edificio. Me refiero a ti, ahora mismo. ¿Estás aquí, leyendo estas palabras, sintiendo tu cuerpo en la silla? ¿O estás en la reunión de mañana, en la discusión de ayer, en la lista de asuntos pendientes? El aquí y ahora es el principio más radical de la Gestalt. Y del teatro. Porque tanto en terapia como en escena, solo existe este momento. El pasado ya no está. El futuro no ha llegado. Lo único real es esto que está pasando ahora. Cuando alguien sube a escena y empieza a “actuar” pensando en cómo lo están viendo, en si lo hace bien, en lo que pasó antes, pierde la escena. Se desconecta. Lo mismo pasa en la vida: cuando estamos en otro lugar mental, nos perdemos lo que está vivo aquí. El Teatro Gestalt entrena esta capacidad de estar presente. No como concepto filosófico, sino como experiencia corporal, emocional, relacional. Aquí. Ahora. Contigo.

Conciencia y darse cuenta

Imagina que tienes una linterna en la mano. Puedes alumbrar hacia fuera y ver lo que hay. O puedes girarla hacia ti mismo y ver qué te pasa. Eso es la conciencia en Gestalt: la capacidad de darte cuenta de lo que está ocurriendo, dentro y fuera, sin juicio. No se trata de analizar. No se trata de buscar explicaciones. Se trata de notar. “Me doy cuenta de que estoy apretando los puños.” “Me doy cuenta de que mi voz se ha vuelto más aguda.” “Me doy cuenta de que quiero salir corriendo.” El darse cuenta es el primer paso de cualquier cambio. No puedes transformar lo que no ves. Por eso en Teatro Gestalt pasamos tanto tiempo simplemente notando: qué siento, qué pienso, qué hace mi cuerpo, qué pasa entre tú y yo.

El ciclo de la necesidad

Toda experiencia sigue un ciclo. Nace, crece, llega a su punto máximo, se completa y se cierra. O debería. Porque muchas veces el ciclo se interrumpe, se congela, se queda a medias. Y eso que quedó sin cerrar sigue empujando desde dentro, pidiendo completarse. Las fases del ciclo, tal como las ves representadas en la imagen, son ocho: reposo, sensación, conciencia, energización, acción, contacto, satisfacción y retirada. Empieza el cuerpo con un registro difuso —reposo que se rompe, una sensación que asoma—, la conciencia le pone nombre —reconozco lo que necesito—, la energía se moviliza —me preparo para actuar—, voy hacia lo que necesito —acción—, hay encuentro —contacto—, la necesidad se completa —satisfacción— y vuelvo al reposo —retirada—. Ese ciclo, que parece tan obvio cuando hablamos de la sed o el hambre, es exactamente el mismo que opera con una emoción, una necesidad afectiva o un asunto pendiente con alguien. El ciclo de la experiencia gestáltica. Cuando este ciclo fluye, hay salud, hay vitalidad, hay capacidad de responder a la vida. Cuando se interrumpe, se acumula tensión, aparecen síntomas, se repiten patrones. El Teatro Gestalt trabaja con estos ciclos interrumpidos, dándoles espacio para completarse en la escena.

Polaridades

Los tres movimientos del trabajo con polaridades, según Naranjo. Somos pura contradicción. Queremos libertad y seguridad. Somos generosos y egoístas. Tenemos una parte que quiere exponerse y otra que quiere esconderse. No somos uno; somos muchos. La Gestalt no intenta resolver esta contradicción eligiendo un polo. Trabaja para que ambos polos puedan expresarse, dialogar, integrarse. Porque lo que rechazamos de nosotros mismos no desaparece; se convierte en sombra y nos gobierna desde ahí. Claudio Naranjo lo explicaba con claridad: el trabajo con polaridades tiene tres movimientos. Primero, reconocer ambos opuestos —no solo el que me gusta, también el que rechazo—. Segundo, permitir que se expresen y dialoguen entre sí, que cada uno diga lo suyo sin ser censurado. Y tercero, integrarlos, descubriendo que no soy ni un lado ni el otro, sino algo más amplio que los contiene a ambos.

En Teatro Gestalt, este proceso encuentra cuerpo. Puedo encarnar a mi “parte cobarde” y a mi “parte valiente”, darles voz, ponerlas frente a frente. No para que una gane, sino para que ambas sean reconocidas. Eso es integración: no elegir un polo, sino ampliar quién soy.

Responsabilidad

Respons-habilidad: habilidad para responder. No es culpa. No es cargar con todo. Es reconocer que soy el autor de mi experiencia, que mis elecciones tienen consecuencias, que no soy víctima pasiva de lo que me pasa. Esto cambia todo. En lugar de “me haces enojar”, puedo decir “me enojo cuando haces eso”. En lugar de “no puedo”, puedo decir “no quiero” o “elijo no hacerlo”. Cada vez que recupero el “yo” de mis frases, recupero poder sobre mi vida. En el teatro ocurre algo similar. El actor que no se responsabiliza de las circunstancias de su personaje termina juzgándolo desde fuera, y lo que emerge es un cliché, una caricatura. Pero cuando acepta esas circunstancias como propias —aunque sean las de un villano, un cobarde o un traidor—, algo se abre. Deja de preguntar “¿cómo actuaría alguien así?” y empieza a preguntar “¿qué me llevaría a mí a hacer esto?”. Eso es pura empatía. Y es la clave de este trabajo: descubrir al personaje implica descubrirnos a nosotros mismos. El Teatro Gestalt entrena esta responsabilidad. Porque en escena, no hay nadie más. Tú eliges qué hacer con lo que te dan. Tú respondes. Y en esa respuesta, te descubres.

Por qué el Teatro Gestalt funciona

Externaliza lo interno. Lo que está dentro de ti, dándote vueltas sin parar, de pronto tiene forma, tiene cuerpo, tiene voz. Puedes verlo. Y lo que se ve, se puede trabajar. Explora la sombra con seguridad. El personaje te protege. Puedes ser el villano, el cobarde, el que grita, el que llora, sin que “seas tú”. Esa distancia permite explorar territorios que de otro modo serían demasiado amenazantes. Permite distancia y contacto. Puedo acercarme a mi dolor desde el personaje, tocarlo sin quemarme. Y cuando estoy listo, puedo quitarme la máscara y reconocer: eso también soy yo.

Desarrolla empatía. Cuando encarno a otro, cuando veo el mundo desde sus ojos, algo cambia en mí. Ya no es tan fácil juzgar. Ya no es tan fácil creer que yo tengo razón y el otro está equivocado. Crea comunidad. El grupo que improvisa junto, que se expone junto, que se sostiene mutuamente, desarrolla una intimidad difícil de lograr de otra manera. Y esa comunidad es terapéutica en sí misma.

Un momento en la sala: Laura

Una alumna a la que llamaremos Laura, llevaba meses viniendo al taller mensual. Participaba, pero siempre desde un lugar seguro. Observaba más que actuaba. Cuando le tocaba improvisar, elegía roles pequeños, secundarios. Un día propuse un ejercicio de polaridades. Pedí voluntarios para explorar “la parte que siempre dice que sí” y “la parte que quiere decir que no”. Laura levantó la mano. Empezó con la parte complaciente. La conocía bien: sonrisa amable, voz suave, “claro que sí, lo que necesites”. Pero cuando le pedí que encarnara la otra parte, algo cambió. Su cuerpo se tensó. Su voz desapareció. “No puedo”, dijo. “¿Qué pasa si te quedas ahí un momento?”, pregunté. “Solo respira. No tienes que hacer nada.” Pasaron unos segundos. Luego, desde algún lugar profundo, emergió un “NO” que retumbó en toda la sala. Laura se quedó paralizada, sorprendida de su propia voz. “¿De quién es ese no?”, pregunté. “Mío”, dijo. Y se echó a llorar. “Nunca me habían dejado decir que no.” Ese fue el momento en que el taller dejó de ser un ejercicio y se convirtió en otra cosa. No porque yo hiciera algo brillante, sino porque el espacio estaba listo, Laura estaba lista, y el Teatro Gestalt hizo lo que hace: darle cuerpo a lo que necesitaba expresarse.

Después de ese día, Laura empezó a elegir roles más arriesgados. No porque yo se lo pidiera, sino porque algo se había desbloqueado. Había descubierto que su “no” existía, que tenía voz, que podía usarlo sin que el mundo se acabara. Eso es lo que busca el Teatro Gestalt: no “curar” a nadie, sino abrir puertas que estaban cerradas. Lo que cada persona haga con esa puerta abierta es “su cosa”. Para entender de dónde sale esa puerta, hay que mirar hacia atrás. A las dos tradiciones que, sin saberlo, llevaban un siglo buscando lo mismo.

Resumen

El manual no sustituye la formación: las técnicas son puertas, no recetas. Lo que sana es la calidad del encuentro, no el catálogo de ejercicios. Antes de facilitar algo, atraviésalo tú mismo.

Aplicación práctica

  • · Antes de incluir una actividad en tu próxima sesión, hazla tú primero (solo o en supervisión).
  • · Distingue desde el inicio si tu encuadre es clínico o pedagógico — las reglas cambian.
  • · Documenta tras cada sesión qué movió, qué no, y qué adaptaste sobre la marcha.

Errores frecuentes

  • · Aplicar técnicas que no has vivido en primera persona.
  • · Confundir taller experiencial con terapia cuando trabajas en contexto educativo.
  • · Aferrarte al plan cuando el grupo pide otra cosa.

Recursos relacionados

Itinerarios que profundizan este capítulo

Lecturas recomendadas

  • El darse cuenta · John O. StevensBase experiencial del awareness gestáltico.
  • Terapia Gestalt: Excitación y crecimiento de la personalidad humana · Perls, Hefferline & Goodman