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Capítulo 3

III. El facilitador

~14 min de lectura · 2,584 palabras

FacilitaciónÉtica y cuidado

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Ni terapeuta puro, ni director de teatro El facilitador de Teatro Gestalt habita un territorio híbrido. No es exactamente un terapeuta sentado en su silla, ni un director de teatro buscando el mejor espectáculo. Es algo entre ambos, y eso exige una forma particular de estar. Del terapeuta toma: la escucha profunda, la atención al proceso emocional, el respeto por el ritmo del otro, la capacidad de sostener lo que emerge sin rescatar ni invadir. Del director toma: la visión espacial, el sentido del ritmo escénico, la capacidad de proponer y estructurar, el ojo para lo que funciona dramáticamente. Pero no es suma de ambos. Es una síntesis que crea algo nuevo: un facilitador que acompaña procesos de transformación usando el lenguaje del teatro.

Una nota antes de seguir. Casi todo lo que viene a continuación

—presencia, resonancia, el arte de no empujar, gestión de la activación— se aplica también al educador que trabaja con jóvenes en contextos no clínicos. Cambian las profundidades a las que se llega y los riesgos que se asumen, no los principios. El Capítulo 10 desarrolla las diferencias específicas del encuadre educativo. Pero el modelo de facilitador que dibujo aquí es válido para los dos lectores que el manual contempla.

Tu presencia es tu herramienta principal

Puedes conocer cien técnicas y fracasar si no estás presente. Puedes conocer tres y facilitar procesos profundos si tu presencia es genuina. La presencia no es una idea. Es una experiencia corporal. Es estar aquí, ahora, con todos los sentidos disponibles. Es escuchar no solo las palabras, sino los silencios, los gestos, lo que no se dice. Es sentir lo que pasa en el grupo como si fuera un instrumento musical que vibra con cada nota. Cuando estás presente, el grupo lo siente. Hay algo que se relaja, que se abre. Cuando no estás presente —cuando estás pensando en la siguiente técnica o en cómo lo estás haciendo— algo se cierra. El grupo lo percibe aunque no sepa nombrarlo. Antes de seguir, quiero decir algo que no suelo escribir en los manuales pero que es importante. Llevo más de veinte años haciendo este trabajo y sigo equivocándome. Sigo interviniendo cuando debería callar. Sigo callando cuando debería intervenir. Sigo perdiéndome la presencia en sesiones que parecían fáciles. La diferencia entre un facilitador novel y uno con experiencia no es que el segundo no se equivoque: es que se da cuenta antes, se recupera más rápido, y no convierte el error en drama. Si lees este capítulo y piensas “yo nunca seré así”, tranquilo: yo tampoco lo soy todos los días. La presencia no es un estado que se alcanza; es un músculo que se entrena. Y como todo músculo, se rompe y se vuelve a tensar.

Un momento en la sala: Pedro

Recuerdo una sesión con un grupo que llevaba meses trabajando junto. Era una tarde complicada para mí: había dormido mal, tenía la cabeza en un problema personal y, aunque estaba físicamente en la sala, no estaba realmente allí. Propuse un ejercicio de improvisación en parejas. Mientras el grupo trabajaba, yo repasaba mentalmente qué actividad vendría después, cómo gestionar el tiempo, si debía cambiar el plan. Estaba en modo automático. En un momento, Pedro —un participante que solía ser muy expresivo— se detuvo en medio de su improvisación. Se quedó quieto, mirándome. Y dijo algo que me atravesó: “No sé qué pasa, pero hoy siento que no estás aquí.” No lo dijo con reproche. Lo dijo con la misma honestidad que pedimos en el espacio. Y tenía razón. Mi cuerpo estaba en la sala, pero mi presencia no. Respiré. Solté el plan mental. Lo miré y dije: “Tienes razón Pedro. No estaba. Gracias por decírmelo.” Algo cambió en ese momento. No solo en mí, sino en todo el grupo. Como si mi reconocimiento hubiera dado permiso para que todos bajáramos un nivel más de autenticidad. La sesión que siguió fue de las más profundas que recuerdo con ese grupo.

Pedro me enseñó algo que ningún libro me había enseñado: el grupo siempre sabe. Puedes disimular, puedes seguir el protocolo, puedes hacer todas las técnicas correctas. Pero si no estás presente, el grupo lo percibe. Y si tienes suerte, alguien como Pedro te lo dirá en voz alta.

La autenticidad como presencia

La autenticidad es parte de la presencia. No se trata de ser perfecto, sino de ser real. Si estás nervioso, puedes reconocerlo. Si algo te conmueve, puedes mostrarlo. Si no sabes qué hacer, puedes decirlo. Esta honestidad crea el permiso para que los demás también sean auténticos. Aquella tarde con Pedro aprendí que mi vulnerabilidad no debilita el espacio; lo fortalece. Que reconocer “no estaba presente” es más poderoso que fingir que lo estaba. Que el facilitador no tiene que tener todas las respuestas; tiene que estar dispuesto a ser tocado por lo que ocurre. Tiene que ser humano.

La resonancia: tu brújula interna

Cuando Cuando alguien trabaja en escena, algo resuena en ti. Sientes tensión en tu cuerpo, emoción en tu pecho, impulso de intervenir o de quedarte quieto. Eso es la resonancia: tu sistema nervioso respondiendo a lo que percibe. La resonancia es información valiosísima. Si sientes angustia viendo a alguien, probablemente hay angustia en la escena aunque no sea evidente. Si sientes ganas de acercarte, quizás el protagonista necesita apoyo. Si sientes ganas de alejarte, quizás hay algo invasivo en lo que está pasando. Pero la resonancia también puede engañarte. Porque a veces lo que sientes no es del otro, sino tuyo. Tu propia historia activada por lo que ves.

Un momento en la sala: Marta

Marta estaba trabajando una escena con su madre. Había colocado una silla vacía frente a ella y llevaba varios minutos en silencio, mirándola. El grupo contenía la respiración.

Yo sentía una urgencia enorme por intervenir. Algo en mi pecho me decía: “Está atascada, necesita ayuda, di algo, propón algo”. La urgencia crecía con cada segundo de silencio. Mis manos querían moverse, mi boca quería hablar.

Pero algo me hizo detenerme. ¿De quién era esa urgencia? ¿Era

Marta quien necesitaba que yo interviniera, o era yo quien no toleraba el silencio? Respiré. Me quedé quieto. Observé mi propia incomodidad sin actuar desde ella. Pasaron tal vez dos minutos más. Y entonces Marta habló. Con una voz que no le había escuchado antes, le dijo a la silla: “Mamá, nunca te lo dije, pero te odié por irte. Y también te extraño cada día.” El silencio que yo quería romper era exactamente el tiempo que ella necesitaba para llegar ahí. Si hubiera intervenido desde mi urgencia, habría interrumpido su proceso. Mi resonancia —la incomodidad con el silencio— era mía, no de ella. Marta no estaba atascada; estaba reuniendo el coraje para decir lo que nunca había dicho. Distinguir: esto es mío, esto es del otro Un participante expresa rabia y tú sientes miedo. ¿Es que hay algo amenazante en su rabia? ¿O es que tu propia relación con la rabia te hace sentir miedo? Un participante llora y tú sientes urgencia por consolarlo. ¿Es que necesita consuelo? ¿O es que tú no toleras ver llorar a alguien? Aquella tarde con Marta aprendí a hacerme la pregunta antes de actuar: ¿esto que siento me está informando sobre el otro, o me está informando sobre mí?

El trabajo con la resonancia exige supervisión, terapia personal, autoconocimiento continuo. No para eliminar la resonancia —sería imposible y además no querríamos hacerlo—, sino para poder distinguir: esto es mío, esto es del otro, esto es nuestro. Esa distinción marca la diferencia entre un facilitador que acompaña y uno que interfiere.

El arte de no empujar

Una de las tentaciones más grandes del facilitador es empujar. Ves algo, crees saber lo que la persona necesita, y empujas hacia allá. “Dile lo que sientes.” “Exprésalo más fuerte.” “Ve hacia ese recuerdo.” A veces funciona. A veces la persona necesitaba exactamente ese empujón para atravesar una resistencia. Pero muchas veces el empujón es más sobre ti que sobre ella. Sobre tu necesidad de que pase algo, de que el trabajo sea “profundo”, de sentirte útil.

Un momento en la sala: Carlos

Carlos estaba improvisando una escena con su padre. Lo había colocado en el espacio —representado por otro participante— y le hablaba con voz contenida, educada, distante. Yo veía claramente la rabia debajo de esa contención. La mandíbula apretada, los puños cerrados, la rigidez en los hombros. Todo en su cuerpo gritaba lo que su boca no decía. Y quise empujar. Quise decirle: “Carlos, hay rabia ahí. Déjala salir. Dile a tu padre lo que realmente sientes.” Estaba convencido de que eso era lo que necesitaba. Que si expresaba esa rabia, algo se liberaría. Pero algo me detuvo. ¿Y si Carlos no estaba listo? ¿Y si esa contención no era solo resistencia, sino también protección? ¿Y si empujarlo hacia la rabia era más sobre mi deseo de ver “un trabajo potente” que sobre lo que él realmente necesitaba en ese momento? Así que en lugar de empujar, invité. Le dije: “Carlos, noto que tu cuerpo está muy presente en esta escena. ¿Qué sientes ahora mismo?”

Él se quedó un momento en silencio. Y luego dijo algo que no esperaba: “Siento miedo. Miedo de que si le digo lo que siento, desaparezca para siempre.” La rabia estaba ahí, sí. Pero debajo había algo más profundo: el miedo a perder a su padre si se atrevía a confrontarlo. Si yo hubiera empujado hacia la rabia, habríamos tocado la superficie. Al invitar sin dirigir, Carlos encontró su propio camino hacia algo más verdadero.

La invitación frente al empujón

La invitación es diferente del empujón. La invitación abre una puerta y deja que la persona decida si quiere cruzarla. “¿Qué pasaría si le dijeras lo que sientes?” “¿Quieres explorar eso un poco más?” “Noto que tu voz cambió, ¿qué pasa ahí?” La diferencia está en el tono, pero sobre todo en la actitud interna. ¿Estoy abriendo posibilidades o estoy dirigiendo hacia donde yo creo que debe ir? Si necesitas un criterio concreto para usarlo en directo, aquí va uno que a mí me funciona: antes de intervenir, pregúntate “¿lo que voy a decir abre opciones para la persona, o le cierra el camino hacia donde yo creo que debe ir?”. Si abre, es invitación. Si cierra, es empujón. Y si dudas, mejor calla y observa un momento más. Con Carlos aprendí que lo que yo veo no siempre es lo que la persona necesita explorar. Mi lectura puede ser correcta —había rabia— pero incompleta. Si me hubiera quedado con mi interpretación y hubiera empujado, habría cerrado el camino hacia lo que realmente importaba.

El arte de no hacer nada

Y luego está el arte de no hacer nada. A veces lo más poderoso es simplemente estar presente, sostener el silencio, dejar que la persona encuentre su propio camino. No todo requiere intervención. A veces lo que se necesita es espacio.

He aprendido a desconfiar de mi urgencia por “hacer algo”. Cuando siento esa urgencia, me pregunto: ¿esto es para la persona o es para mí? ¿Necesita mi intervención o necesita mi confianza en que puede encontrar su camino? A veces la respuesta es intervenir. Pero más a menudo de lo que crees, la respuesta es quedarte quieto y dejar que el proceso haga su trabajo.

Cuando algo te activa

Va a pasar. Alguien va a decir algo, hacer algo, encarnar algo que te toca profundamente. Tu propia historia va a aparecer en medio de una sesión. Cuando esto ocurra, tienes opciones: Puedes ignorarlo y seguir adelante. A veces funciona si la activación es leve y puedes mantener la atención en el grupo. Puedes nombrarlo internamente. “Esto me está tocando. Voy a respirar y volver al grupo.” Este reconocimiento interno a veces es suficiente para no perderte. Puedes nombrarlo externamente con cuidado. “Esto que estás explorando me resuena. Voy a cuidar que mi resonancia no interfiera con tu proceso.” Esta transparencia puede ser poderosa si se hace sin convertirte en el centro. Puedes pedir un momento. Si la activación es muy fuerte, puedes hacer una pausa, proponer un ejercicio que el grupo pueda hacer solo un momento, o simplemente decir: “Necesito un momento para respirar.” Lo que no puedes hacer es usar el espacio grupal para procesar tu propio material. Eso es para tu supervisión, tu terapia personal, tu espacio privado. Si la activación es tan fuerte que no puedes sostener el espacio, considera derivar a la persona a otro profesional. No es fracaso. Es ética.

La proyección del facilitador

La proyección no solo le pasa a los participantes. También te pasa a ti. Puedes proyectar en un participante a tu padre, a tu ex, a la parte de ti que rechazas. Y eso puede distorsionar profundamente tu lectura del grupo. Si quieres ver cómo opera la proyección en general —incluyendo el caso, fascinante, en que un participante proyecta y la escena se convierte en una puerta terapéutica— ve al Capítulo 9, donde lo desarrollo a fondo. Aquí me concentro en lo otro: cuando la que proyecta eres tú.

Señales de que estás proyectando

Tienes una reacción desproporcionada hacia alguien del grupo. Te cae especialmente bien o especialmente mal sin razón clara. Sientes urgencia de “salvar” o de “confrontar” a alguien en particular. Evitas a una persona o le das demasiada atención. Te descubres pensando en alguien del grupo fuera de la sala mucho más que en otros.

Qué hacer

No actúes desde la proyección. Lo que sientes puede ser muy intenso, pero no es información fiable sobre el otro; es información sobre ti. Llévalo a supervisión. Un supervisor puede ayudarte a ver lo que tú no ves, a desenredar qué es tuyo y qué es del participante. Trabaja en tu terapia personal. Las proyecciones más intensas suelen venir de lugares no resueltos. No puedes acompañar procesos ajenos si no estás trabajando el tuyo. Y mientras tanto, mantén una actitud de curiosidad: “¿Qué me está pasando con esta persona?” No para flagelarte, sino para entender. La curiosidad es el antídoto de la proyección ciega.

Un momento en la sala: cuando el facilitador también siente

Recuerdo una sesión donde un participante trabajaba con la muerte de su padre. La escena era intensa, el grupo estaba contenido, todo parecía fluir.

Y entonces, sin aviso, mi propio duelo apareció. Mi padre había muerto dos años antes y algo en la voz de ese hombre, en su manera de decir “papá”, atravesó todas mis defensas. Sentí que se me llenaban los ojos. Sentí el impulso de salir de la sala. Sentí que no podía sostener eso. Respiré. Me dije internamente: “Esto es mío. Ahora mismo el protagonista es él, no yo.” Dejé que las lágrimas estuvieran ahí sin actuarlas, sin convertirme en el centro. Seguí presente, aunque una parte de mí estaba temblando. Cuando terminó la escena, el participante me miró. “¿Estás bien?”, preguntó. “Esto me tocó”, dije. “Gracias por tu trabajo.” No di explicaciones. No hice de mi emoción el tema. Pero tampoco la escondí como si fuera vergonzosa. Estaba ahí, era real, y reconocerla fue más honesto que fingir que el facilitador es una roca. Después de la sesión, lloré. En privado, en mi tiempo, en mi espacio. Eso también es parte del trabajo. Eso era el quién. Ahora podemos hablar del cómo. Porque ser este tipo de facilitador no llega solo: se construye sesión a sesión, dentro de una estructura que sostiene tanto al grupo como al que lo facilita. Esa estructura es lo que vamos a ver ahora.

Resumen

La presencia del facilitador es la herramienta principal. Más que dirigir, sostiene: encuadre claro, escucha amplia y capacidad de leer el campo grupal en tiempo real.

Aplicación práctica

  • · Llega 15 min antes para llegar tú primero (respiración, cuerpo, intención).
  • · Antes de cada consigna, pregúntate: ¿esto sirve al grupo o a mi ansiedad?
  • · Practica callarte cuando creas que deberías intervenir.

Errores frecuentes

  • · Convertirte en protagonista de la sesión.
  • · Interpretar lo que emerge en lugar de devolverlo al grupo.
  • · Saltarte tu propio trabajo personal y de supervisión.

Lecturas recomendadas

  • El arte del contacto · Carmen Vázquez Bandín
  • El liderazgo resonante · Daniel Goleman